Había olvidado los adoquines que llevaban hasta tu cuello,
los espacios entre las lineas del tren y las veredas de tu pasión.
Olvidé las pelusas que se enredaban al camino,
¡olvidé el camino que me llevaba a ti por cierto!
Hoy que se vuelven a abrir las catedrales de tu recuerdo,
entro descalza a la penumbra de tu voz,
cierro los ojos,
muerdo mis ganas de gritar
y lloro tu nombre.

Comentarios
Publicar un comentario